Hay días en el camping que… mejor pasarlos rápido.
Problemas, clientes con cara de lunes aunque sea viernes, mil preguntas a la vez… y tú intentando no perder la paciencia ni la sonrisa.
Ese día iba exactamente así.
Check-in tras check-in, piloto automático activado.
Llega una pareja.
Tranquilos. Normales. Nada fuera de lo común.
Empiezo con las preguntas de siempre:
nombre, reserva, número de personas…
Y llega la famosa pregunta:
— “¿Tienen perro con ustedes? Es para añadirlo al dossier.”
Silencio.
Me mira.
Sonríe.
Y suelta, totalmente serio:
— “Perro no… pero una jirafa sí.”
…
Ese segundo donde tu cerebro se bloquea.
Ese momento en el que dudas si has entendido bien.
Y de repente… explotamos. Risa real.
No la sonrisa profesional de recepción.
Risa de verdad, de las que te sacan del modo robot. A partir de ahí, todo cambia.
La conversación deja de ser un trámite.
Se convierte en un momento. Bromas que encadenan bromas.
Ese tipo de complicidad que no se puede forzar. Y claro… cuando ya estás en ese nivel de buen rollo, pasa lo inevitable.
Les digo:
— “Bueno… la jirafa también tendrá sed, ¿no?” Y ahí remato la jugada.
Resultado:
les vendí una botella de vino… para la jirafa. 🦒🍷
Y lo mejor:
no solo lo entendieron…entraron en el juego.
Más risas. Y ahí está la clave. No fue solo una venta.
Fue el momento.
Porque al final puedes tener un día complicado, mil problemas…
pero llega alguien con una broma absurda
y te cambia completamente el ritmo.
Se fueron.
Y el día… ya no era el mismo.
Moraleja:
a veces no necesitas mejores clientes,
necesitas clientes que no se tomen la vida tan en serio.
Y si además… te compran vino para una jirafa…mejor aún. 😏
