Hay una imagen muy romántica del trabajo en un camping.
La gente imagina naturaleza, pájaros, calma, clientes felices tomando café delante de su caravana mientras tú paseas tranquilamente saludando a todos con una sonrisa zen.
A veces incluso me dicen:
— “Qué suerte trabajar en un camping…”
Sí. Claro. Qué suerte.
Ahora os voy a contar cómo terminé un martes de abril discutiendo con un hombre que acababa de mear la puerta de mi recepción.
Porque eso tampoco sale en Instagram.
Eran sobre las siete y cuarto de la tarde. La recepción ya estaba oficialmente cerrada.
Bueno… “cerrada”.
Porque en camping la recepción nunca cierra realmente. Siempre hay algo. Un mail urgente. Una reserva de última hora. Una caja que revisar. Un cliente que pierde la tarjeta. Otro que no encuentra los sanitarios aunque tenga tres carteles delante.
Así que muchas veces hago lo mismo: cierro la persiana, apago luces, me quedo dentro unos minutos y aprovecho el silencio antes de seguir trabajando.
Ese día estaba fuera, cerca de la recepción. Todo tranquilo. Por fin.
Entonces aparece un hombre.
Se acerca lentamente a la puerta. Mira los horarios. Pero los mira de verdad.
Acerca la cabeza al cristal. Lee.Comprueba. Vuelve a mirar.
Yo pensando: “Perfecto. Ha visto que está cerrado y se va.”
Pues no.
El señor se gira tranquilamente, se pone al lado de la puerta… y empieza a mear la recepción.
Así. Como si fuera el comportamiento más normal del mundo.
Yo me quedé bloqueada dos segundos.
No sabía si estaba viviendo una escena real o si mi cerebro ya había decidido abandonar definitivamente el cuerpo después de demasiadas temporadas trabajando cara al público.
En mi cabeza empecé a decir: “Oh mon Dieu.” “Oh my God.” “Madre mía.” Todo en cuatro idiomas a la vez.
Pero luego pensé: “No. Esto no puede pasar.”
Abrí la puerta de golpe.
El hombre se asustó tanto que casi se mea encima por segunda vez.
Y yo, ya sin paciencia ni energía espiritual, le dije:
— ¿Usted está serio?Esto es un camping. Un sitio público. No un meadero.
Le expliqué que aquí viven familias, que hay niños, que podía salir cualquiera de la recepción o pasar un cliente en cualquier momento.
Él empezó rápidamente a subirse los pantalones mientras repetía:
— “Perdón, perdón…”
Yo le dije que si no se iba llamaría a la policía.
Entonces ocurrió algo todavía más surrealista.
Dos segundos después de echarlo… el hombre entra en recepción.
Como si ahora sí empezara la parte formal de nuestra relación.
Y me dice:
— “Perdona… pero tengo problemas de próstata.”
Yo ya estaba en ese punto mental donde tu cerebro deja de procesar emociones y solo funciona automáticamente.
Le respondí:
— “Me importa un pepino vuestra próstata. Aquí no se mea.”
Silencio incómodo.
Entonces él me mira muy serio y pregunta:
— “¿Me puede dar vuestro número de teléfono para una reserva?”
Y ahí fue cuando entendí que trabajar en camping cambia definitivamente la percepción de la realidad.
Porque una parte de mí quería preguntar: “¿Perdón? ¿La gente normalmente mea primero y reserva después?”
Pero en vez de eso le dije que no daba mi número personal y que podía coger una tarjeta con el mail del camping.
Pensé que ahí acababa la historia.
Spoiler: no.
A las nueve de la noche recibo un mail.
Un mail extremadamente formal.
Empieza así:
“Chère Madame, d’abord excuse moi par les événements indésirables de notre rencontre…”
Los “eventos indeseables”.
Casi me da algo.
Porque hay una elegancia espectacular en llamar “evento indeseable” a mear una recepción.
El hombre seguía disculpándose educadamente y preguntaba disponibilidad para quedarse varios días en un chalet.
Y aquí viene la parte que mucha gente no entiende del trabajo cara al público:aunque tengas ganas de tirarte al lago más cercano, sigues trabajando.
Así que respiré profundo, respondí correctamente, acepté sus disculpas y envié el presupuesto.
Pensé otra vez: “Ahora sí termina aquí.”
Pues tampoco.
Al día siguiente vuelve.
Entra en recepción. Mira el presupuesto. Y me dice muy tranquilo:
— “Es un poco caro… pero puedo dormir hoy y pagar el 5 de mayo?”
Yo creo que mi cerebro literalmente dejó de funcionar cinco segundos.
Le miré intentando entender si había perdido parte de la conversación o directamente el contacto con la realidad.
Y le pregunté:
— “Perdona… ¿somos familia? ¿Somos amigos? ¿Somos pareja? ¿Cómo que dormir ahora y pagar dentro de dos semanas?”
El hombre insistía muchísimo. Que trabajaba. Que era de confianza. Que me pagaría seguro.
Y yo solo pensaba: “Hace menos de 24 horas estabais meando mi puerta.”
Le expliqué que no funcionábamos así. Que si tenía problemas económicos existían servicios sociales, asociaciones, ayudas… pero que un camping no era una ONG improvisada.
Se fue. O eso pensé.
Porque esa misma noche lo veo entrando otra vez al camping.
Fumando tranquilamente. Como Pedro por su casa.
Así que fui detrás de él.
Se sentó en una parcela con otro cliente y cuando me acerqué dijo:
— “Es mi amigo.”
Y ahí ya no.
Le expliqué claramente que los visitantes tienen que presentarse en recepción y pedir autorización. Que no se entra en un camping privado como si fuera un parque público.
Y que después de lo ocurrido… menos todavía.
Al final se fue.
Y nunca más lo volví a ver.
La gente piensa que trabajar en un camping es naturaleza, tranquilidad y vacaciones.
Y a veces sí.
Pero otras veces estás cerrando la recepción después de doce horas de trabajo mientras discutes con un hombre que primero mea tu puerta, luego te manda un mail diplomático hablando de “eventos indeseables” y finalmente intenta instalarse gratis porque “ya os conocéis”.
Bienvenidos al camping sin filtro.