Esta mañana, un cliente viene a recepción a devolver las llaves. Último momento antes de despedirse, así que, como buena anfitriona, le pregunto:
—Bueno, ¿todo bien durante vuestra estancia?
Mientras me responde, miro un segundo por la ventana… y veo a su mujer llegando en bicicleta hacia la barrera de entrada. Y de repente…
¡PUM! 💥
La pobre se achocó con algo, perdió el equilibrio y cayó de lado con bici y todo. 😳
Yo:
—¡OMG! ¡Su esposa se ha caído! ¡Vamos, rápido!
Mi compañera sale disparada para ayudarla. El marido, que venía detrás en bicicleta —más lento que yo, evidentemente 😂— llega a la escena y, en vez de:
—“¿Estás bien, cariño?”
NO. Su primera reacción fue:
—“¡¿Cuántas veces te he dicho que mires hacia delante?! ¡No sabes manejar!” 😳
Yo mirando la escena pensando:
¿Perdón? ¿Dónde está el “cariño, estás bien”? ¿Se lo ha dejado en la parcela? Mientras tanto, mi compañera estaba ayudando a la pobre mujer a levantarse porque tenía el pie bloqueado en el pedal de la bici. Ella intentando liberarse, nosotras intentando ayudarla y yo intentando no reírme de los nervios… y el marido dando su charla de seguridad vial en plena barrera del camping.
Hay parejas que, después de tantos años juntas, ya no necesitan romanticismo. Necesitan directamente un seguro de accidentes y mucha paciencia. 🤣🚲
Y así terminó otra mañana cualquiera en nuestro camping: una despedida, dos bicicletas, una caída inesperada y un marido que decidió que aquel era el momento perfecto para dar una clase de conducción.