Monika Wojas
28 Sep
28Sep

Suena el teléfono.

—Buenos días, quería hacer una reserva para una noche, del 9 al 10 de octubre.

Perfecto. Fácil. Una noche. Octubre. Nada que pudiera salir mal. Error. Mientras hablaba con el señor, de repente escucho una voz femenina al fondo. Dos segundos después, la señora ya tiene el teléfono. Cambio de interlocutor. Cambio de fechas. Cambio de programa.

—No, no, no. Será del 10 al 12.

Muy bien. Borro mentalmente el 9 y el 10 y los sustituyo por el 10 y el 12. Como la comunicación no era muy buena y nos costaba entendernos, le propongo la solución más sencilla:

—Señora, envíeme un mensaje con todos sus datos: nombre, apellido, dirección, correo electrónico, teléfono, número de personas… y yo le preparo la reserva. Después le enviaré un enlace para que pueda pagar. Creo que fui bastante clara.

Primero: ella me manda los datos.

Después: yo hago la reserva.

Después: yo envío el enlace.

Después: ella paga. Un sistema revolucionario conocido técnicamente como hacer las cosas en orden.

Colgamos. A los dos o tres minutos llega su mensaje. 

* Nombre.

* Apellido.

* Dirección.

* Correo electrónico.

* Teléfono.

* Número de personas.

Perfecto. Voy a empezar a preparar la reserva cuando, casi al mismo tiempo, recibo otro mensaje. Una captura de pantalla de Booking. Miro la foto. Reserva confirmada. Pagada. Y fechas…del 9 al 10 de octubre. Me quedo mirando la pantalla.

—¿Perdón? Hace tres minutos esta señora quería venir del 10 al 12. Yo todavía no había abierto su reserva. No había enviado ningún enlace. No había cobrado nada. Pero, aparentemente, en esos tres minutos había conseguido reservar, enviarle un enlace de pago, cobrarle y además equivocarme de fechas. 

Tengo talento, pero tampoco tanto. 

Suena otra vez el teléfono. 

La señora. 

Contesto.

—Sí, señora, estoy mirando, pero no encuentro su reserva de Booking. Todavía no me ha llegado ninguna reserva.

—¡Pero si ya he pagado!

—Sí, pero aquí no aparece nada. 

Me da el número de reserva. Lo compruebo. Nada. Lo vuelvo a comprobar. Nada. Booking: nada. Nuestro sistema: nada. Correo electrónico: nada. La reserva existía únicamente en una dimensión paralela a la que yo, aparentemente, no tenía acceso.

—Señora, creo que puede haberse equivocado…

No pude terminar.

—¡USTED HA HABLADO CONMIGO!

Bueno. Eso sí.

—Sí, señora.

—¡USTED ME HA PEDIDO MI NOMBRE!—

Sí, señora.

—¡MI APELLIDO!

—Sí.

—¡MI DIRECCIÓN!

—Sí.

—¡MI CORREO!

—También.

—¡Y ME HA DICHO QUE ME MANDARÍA UN LINK PARA PAGAR!

—Exactamente.

Hasta aquí estábamos de acuerdo en todo. Entonces llegó el pequeño detalle que nos separaba.

—¡PUES USTED ME MANDÓ EL LINK Y YO PAGUÉ!

—No, señora.

—¡Sí!

—No.

—¡QUE SÍ!

—Señora… no.

Aquello empezaba a parecer menos una conversación entre una clienta y una gerente de camping y más un juicio.

Fiscal: la señora.

Acusada: yo.

Delito: haber enviado un enlace que nunca envié.

Prueba principal: ella estaba completamente segura.

Intento explicarle otra vez:

—Señora, usted acaba de enviarme sus datos. Todavía no he creado la reserva. Por lo tanto, todavía no he podido enviarle ningún enlace de pago.

—¡Pero me llegó un correo!

—No de mí.

—¡Sí!

—No.

—¡Déjeme explicar! 

Ahora ya gritaba. Yo respiré. Después de varias temporadas de camping he aprendido una cosa: cuando alguien dice «déjeme explicar», normalmente vas a escuchar exactamente la misma explicación que acabas de escuchar, pero más fuerte.

—Vale, señora. Explíqueme.

Y empieza:

—Hemos hablado por teléfono.

—Sí.

—Usted me pidió todos mis datos.

—Sí.

—Yo se los envié.

—Sí.

—Usted me mandó el enlace.

—No.

Habíamos vuelto al punto de partida. Era como jugar al Monopoly y caer siempre en la misma casilla.

—Señora, escúcheme. Yo no le he enviado ningún enlace. Mire quién le ha enviado ese correo. Silencio. 

Empieza a revisar. Mientras tanto, yo vuelvo a comprobar todo por tercera vez. Booking: Nada. Sistema: Nada. Correo: Nada. 

Ya empezaba a plantearme posibilidades.

¿Había enviado un enlace mientras hablaba con ella sin darme cuenta? ¿Había desarrollado una segunda personalidad especializada en reservas? ¿Existía otra gerente trabajando secretamente desde mi oficina? Entonces escucho al marido decir algo al fondo. Un nombre. La señora vuelve al teléfono. Esta vez su tono cambia.

—Pero… yo recibí un correo del camping.

—Sí…

—Aquí pone… Natalia y Philip.

Pausa - Natalia y Philip. Busco rápidamente en mi memoria. 

Mi nombre: Monika. 

Nombre alternativo: ninguno.

Compañero imaginario llamado Philip: tampoco.

—Señora… yo no soy Natalia.

Silencio.

—¿Cómo?

—Que yo no soy Natalia. Y tampoco soy Philip.

Otro silencio. Pero este fue diferente. Fue el silencio de una persona cuyo cerebro acaba de empezar a reconstruir los últimos diez minutos de su vida.

—Entonces… ¿usted no es Natalia y Philip?

—No, señora.

No sabía muy bien cómo demostrarlo. Podía mandarle mi documento de identidad, pero me parecía excesivo.

—Ah…

Y de repente ocurrió un milagro. La señora que hacía treinta segundos estaba prácticamente preparada para denunciarme por haber secuestrado su reserva, su dinero y posiblemente sus vacaciones enteras…bajó la voz.

—Entonces… creo que nos hemos equivocado de camping.

Bingo.

Habían hablado conmigo. Después habían hecho una reserva. Pero no conmigo. En otro camping. Con Natalia. Y probablemente con Philip. Y después habían llamado otra vez a mí para preguntarme dónde estaba la reserva que habían hecho con ellos.

—Sí, señora. Creo que debería contactar con Booking y comprobar en qué camping ha reservado.

—Sí… vamos a llamar a Booking. Lo siento.

—No pasa nada, señora. 

Colgamos. Me quedé unos segundos mirando el teléfono. Acababa de pasar varios minutos defendiendo tres hechos fundamentales:

  1. No había recibido una reserva.
  2. No había enviado ningún enlace.
  3. No me llamaba Natalia.

Y, sorprendentemente, el tercero fue el que finalmente resolvió el problema. Nunca llegué a conocer a Natalia ni a Philip. Pero dondequiera que estén, espero que sepan que durante unos diez minutos gestionamos juntos una reserva. Ellos cobraron. Yo recibí los gritos. Trabajo en equipo. Y así terminó otro día perfectamente normal en un camping. La clienta encontró su reserva. Yo recuperé mi identidad. Y Natalia y Philip, sin saberlo, se convirtieron en mis nuevos compañeros de recepción.

Fin del misterio.

Espero que mañana no vuelva a llamar la señora. Porque como me pregunte por Natalia…esta vez le paso con Philip.